Los parásitos del turismo de borrachera

Party Tourism

«¡Parásitos! ¡Sois como el puto cáncer! ¡Malditos cánceres!»

Las impresiones que tiene Richard sobre Bangkok en la película de Danny Boyle La Playa (2000) no parecen exageradas. Más de una década después del lanzamiento de esta perturbadora película, viví un asalto a los sentidos similar en la capital tailandesa. La calle Khao San, en plena zona turística, es una selva de bares que venden cubos de bebidas alcohólicas, hombres que anuncian a voces shows de «ping-pong» y mujeres que venden baratijas y sombreros típicos de tribus que supuestamente se encuentran cerca de Bangkok. Sin embargo, lo peor de todo fue un hombre estadounidense sexagenario y con sobrepeso insultando a todo el mundo en el autobús nocturno que amenazó a una chica británica con la siniestra frase de: «Esto es Tailandia. Puedo hacer lo que me dé la gana».

«Puedo hacer lo que me dé la gana» parece ser una actitud omnipresente entre los turistas en el sureste asiático. La Full Moon Party en Ko Phangan (Tailandia) es el ejemplo más claro, pues cada mes atrae a 30.000 turistas a una isla cuyo número de habitantes es de unos 12.500. El ascenso y la caída del turismo de borrachera en Vang Vieng (Laos) es otro ejemplo. Lo que hace una década era una pequeña ciudad se convirtió en otro centro de fiesta en la ruta de los mochileros: en 2012, el periódico británico The Guardian informó de que los turistas superaban a la población local en una proporción de 15:1. La mayoría son atraídos por el tubing: actividad que consiste en flotar por el río Nam Song en un tubo interior. Los negocios locales respondieron a la creciente popularidad de la actividad abriendo bares a lo largo del río, lanzando cuerdas a los turistas para sacarlos del agua a la fiesta. Se construyeron toboganes y tirolinas sin tener demasiado en cuenta las medidas de seguridad. Más allá del río, la ciudad se transformó completamente para encajar en el estilo de fiesta occidental.

Visité Vang Vieng en el apogeo de la fiesta: llegué una noche de diciembre del año 2011. Por las noches, las calles estaban plagadas de turistas borrachos, y por el día de turistas semiborrachos en bikini o pantalones de playa, a pesar de las numerosas señales que pedían a la gente taparse en las calles. Pasamos por muchísimas cafeterías llenas de cojines desplegables para ver capítulos de Friends o Padre de Familia con el fin de tentar a jóvenes occidentales. Batidos de setas alucinógenas, hierba, opio, «happy» pizza y cosas por el estilo parecían estar disponibles en todos los restaurantes. A las 9 de la mañana, nosotros éramos los primeros clientes en el río, ya que todo el mundo estaba en casa de resaca, pero los bares ya estaban abiertos. Todos ofrecían chupitos gratis de whiskey Lao-Lao (de unos 45º de alcohol) en botellas llenas de serpientes y lagartos muertos. Los cubos de mezclas alcohólicas solo costaban unos pocos dólares y la música occidental retumbaba a lo largo del río. La cultura local era inapreciable entre todo ese ruido, puesto que los turistas tendían a mantener relaciones en el río y a desnudarse en público.

Para muchos turistas, la combinación de alcohol, saltos y agua resultó letal: en 2011 murieron casi 30 personas. Sin embargo, los turistas siguieron llegando, continuando con la misma actitud de «puedo hacer lo que me dé la gana». Pero estar de vacaciones no te vuelve invencible ni inmortal, y al final del año pasado el gobierno laosiano reaccionó ante los problemas de seguridad desmantelando los toboganes, las tirolinas y los bares que había en la zona del río. Los titulares enunciaban: «Se acabó la fiesta», y desde entonces el número de turistas ha caído en picado. La opinión está dividida, pues los negocios locales tratan de salir adelante a duras penas, pero la industria espera que con el desarrollo de las muchas actividades al aire libre que la preciosa zona montañosa tiene que ofrecer los turistas vuelvan.

Sin embargo, este tema no es blanco o negro, ya que nadie puede culpar a uno de los países más pobres de Asia de sacar provecho del ambiente de fiesta pero, en mi opinión, Vang Vieng ha esquivado un duro golpe. Volví a Tailandia en febrero este año, y parece que la fiesta sigue y sigue creciendo: los parásitos siguen llegando. ¿Qué le da a aquellos lo suficientemente privilegiados como para haber nacido en países desarrollados el derecho a usar los países más pobres como sus vertederos? No importa en qué parte del mundo estemos, tenemos que recordar que estamos en casa de alguien, y que estamos hechos de carne y hueso. No siempre podemos hacer lo que nos da la gana.

 

Alice Walker

Traducción: María Ballesteros Melero (asistente: Isobel Tilley)

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