El reto del feminismo

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Es carnaval en Holanda y estamos de bares. Cuando hemos parado para pedir algo de comer, mi amigo holandés me ha obligado a probar una de las especialidades del país: las croquetas. Son redondas y alargadas; sí, tienen forma fálica. De repente me he encontrado en el centro de un ridículo espectáculo: más o menos veinte chicos holandeses gritando, esperando a que diera un mordisco, que han cantado y coreado cuando me la he terminado. Mi amigo parecía avergonzado, pero se reía y mi novio ha empezado a grabar. Todos mis amigos, chicos y chicas, se estaban partiendo de risa o empezando a hacerlo. Aunque no hablamos holandés, todos sabíamos lo que estaba pasando: que – como después nos confirmó mi amigo – estaban diciendo cosas como «le encantan los penes» y «me la tiraría». Así que ¿qué he hecho? Reírme, e incluso seguir el juego, fingiendo que iba a morder y retrasando el mordisco. He animado mi propia degradación. Pero lo único que he sentido cuando nos hemos ido es humillación, indignación y una gran impotencia.

Una cosa es aceptar tu sexualidad, y otra distinta es que nos la impongan y la usen contra nosotros. Quizá a estos chicos les haga gracia, pero a mí, que era el centro de la broma, me daba vergüenza; y si me daba vergüenza, entonces es algo peor que una broma. ¿Por qué el hecho de ser mujer me obliga a soportar comentarios e indirectas sexuales? Imaginemos un gran grupo de chicas riéndose de un chico y humillándolo por comer algo que tiene una forma similar a una vagina. Si piensas que es difícil que eso pase es porque es difícil: las bromas sexistas casi nunca están dirigidas a los hombres.

La escritora francesa y miembro del Conseil supérieur de l’audiovisuel (Consejo superior audiovisual) Françoise Laborde, dijo este año en una entrevista con el canal de televisión Europe1 en el Día Internacional de la Mujer (el 8 de marzo), que la sociedad está sufriendo una «banalización» de la misoginia. Se refería en particular a la televisión, al sexismo que la mayoría de nosotros reconocemos y que se resume con Robin Thicke, los desnudos en HBO y las mujeres que bailan como objetos sexuales en el 84% de los videoclips (según la revista Salon).Todo esto forma parte del ámbito público sexista que desafortunadamente goza de gran aceptación, aunque afortunadamente, también hay personas que luchan contra él. Pero, ¿qué pasa con el ámbito privado? ¿Estamos en contra del sexismo en nuestra vida diaria?

Mientras me enfrentaba a las unánimes carcajadas, no solo sentía que no podía hacer nada para cambiar la situación; sino que la única opción que tenía era involucrarme en ella. Después de todo, no eran mis amigos: si hubiera intentado decir que no estaba de acuerdo con lo que estaban haciendo, me hubieran tachado con la temida palabra que empieza por F: feminista. Así que a pesar de que cuando estaba enfadada me cuestioné por qué mi amigo no les dijo a los demás que pararan, por qué mis amigos no hicieron nada y sobre todo por qué yo no hice nada. A cualquiera que se niegue a involucrarse en la diversión del rebaño se le pone la etiqueta de soso, petardo, aguafiestas, de demasiado serio… Así que seguimos con ello.

El escritor y educador americano dedicado a la prevención de la violencia de género, Jackson Katz, señala en su inspiradora charla de TED que a los hombres no se les suele incluir en los debates sobre violencia de género, del mismo modo que a los heterosexuales no se les incluye en los debates sobre orientación sexual, o a los blancos en los debates sobre raza. Según él, es la manera que tiene el grupo dominante de seguir en control, negando la existencia de otras categorías y normalizando y reforzando la hegemonía. Los hombres se vuelven invisibles en los debates sobre sexismo o violencia de género cuando en realidad el tema les concierne a ellos también. Pero no debería tratarse de hombres contra mujeres, del mismo modo que tampoco debería tratarse solo de mujeres en contra del sexismo, pues, admitámoslo, los hombres sexistas tampoco las escucharían de todos modos.

Katz tiene un argumento excelente para luchar de verdad contra el sexismo y que tenga algo de impacto es necesario que la mayoría de los hombres también lo vean como algo inaceptable. Pero no debería ser solo responsabilidad de los hombres: es responsabilidad de todos. Se trata de cambiar la actitud de la sociedad. Ser feminista no es un insulto: si por feminismo entendemos igualdad de derechos, oportunidades y respeto, ¿no debería todo el mundo ser feminista? Igual que deberíamos luchar contra el racismo, la homofobia o cualquier otro tipo de discriminación, deberíamos luchar contra el sexismo, tanto públicamente como en privado. Yo debería haber dicho algo aquella fatídica noche de la croqueta. Pero también debería haberme sentido respaldada. Porque hace falta más de una persona para influir en el rebaño.

 

 

Alice Walker

Traducción: Isabel Ciudad (asistente: Raquel Velasco)

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