Tamayo (centre) together with the theologians Rubem Alves (right) and Leopoldo Cervantes (left).

Del expansionismo desmesurado al parón absoluto. La crisis saca a relucir los excesos de una época en la que se pensó poco y se construyó mucho. ¿Es posible hoy un urbanismo distinto? José María Ezquiaga, Doctor Arquitecto por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, licenciado en Sociología y Ciencias Políticas y Premio Nacional de Urbanismo en 2005  recibe a The Bo Review.

¿La relación ciudad-sociedad es un mito o una realidad?

Desde que el mundo es mundo, la sociedad se ha reflejado en sus ciudades. La Historia de las civilizaciones antiguas nos enseña que la expresión de su forma siempre guardaba una relación con una visión del cosmos. Un romano, desde cualquier punto de una ciudad sabía, a través del cardo y el decumano, dónde estaba el norte y cómo era el movimiento del sol: la ciudad misma le estaba dando siempre una orientación geométrica. En Madrid, el Paseo de la Castellana organiza la ciudad, siendo un eje orientado Norte-Sur de manera que, respecto a él, un  madrileño ubicado puede conocer siempre su posición respecto al “cosmos”, al territorio que lo rodea.

Cada época deja una huella en la propia ciudad y al mismo tiempo esta ciudad refleja de manera muy clara las formas de vida y los valores de una sociedad. Cuando las ciudades alcanzaron una densidad demasiado alta, y tuvieron lugar epidemias como el cólera del siglo XIX, los responsables de las mismas empezaron a ser conscientes de cuestiones como la higiene pública, el saneamiento o el abastecimiento del agua. Estas respuestas urbanísticas nos ofrecen una radiografía de esa sociedad en un momento determinado, cuando se pasa de lo rural a lo industrial, del vapor al petróleo, y más tarde al elemento que ha transformado radicalmente nuestras ciudades: el automóvil.

Claro que hay una relación ciudad-sociedad, y si alguien nos viera hoy desde la distancia diría: “Ah, hay una nueva religión, ya no hacen pirámides  ni catedrales, ahora organizan elementos para que su instrumento más querido –el automóvil- pueda moverse con facilidad. Han desarrollado toda una tecnología de intersecciones a desnivel, han horadado montañas, siempre para asegurarse que este instrumento pueda desenvolverse con total libertad por el territorio”. Podríamos decir que si miramos desapasionadamente nuestra sociedad, se podría  plantear que la “religión del automóvil” organiza nuestra vida, y que el automóvil es más importante incluso que la historia de la ciudad misma, la tradición del espacio o del simbolismo.

¿El urbanismo puede ofrecer respuestas en un contexto de crisis?

Siempre ha estado vinculado a dar alternativas a las crisis. El urbanismo contemporáneo industrial surge de la crisis higiénica de la ciudad tradicional, convertida aceleradamente en ciudad industrial. En los años ochenta estuvo vinculado a dar una salida a la crisis del petróleo. Entonces se hablaba del “urbanismo urbano”, no tan orientado a la expansión sino a mejorar la calidad de vida de lo que ya está. Pero con el “boom” inmobiliario este discurso se olvida: la ciudad se plantea principalmente como una máquina de crecer. El posterior estallido de la burbuja produce el parón absoluto del sector inmobiliario y del crecimiento urbano.  Los municipios no ven en este parón la oportunidad de repensar la ciudad poniendo al urbanismo otra vez al servicio de las personas. La filosofía desarrollista ha penetrado tanto que se ha actuado bajo la creencia de que, sin posibilidad de crecimiento, el urbanismo no es  necesario.

Es importantísimo que, desde la sociedad civil, se reclame un urbanismo que mejore lo que ya está. En la ciudad actual hay muchos problemas que los planes urbanísticos podrían tratar; se podría repensar la ciudad desde el punto de vista del género o de las minorías. De la misma manera que recientemente hemos tomado conciencia de cómo se enfrentan a la ciudad personas con alguna discapacidad física, debería pensarse como lo hace un niño o un anciano. Veo la ciudad como un mosaico de identidades muy distintas, y el urbanismo como un elemento para que afloren esas cuestiones y se pueda producir diálogo e innovación social.

¿Tiene la opinión de los ciudadanos peso real en la toma de decisiones urbanísticas?

En ciertas épocas, la población estaba muy interesada en los planes urbanísticos desarrollados en los ayuntamientos. Se entendía que un nuevo plan suponía fundamentalmente un tiempo de reflexión, y casi el único momento en el que se  podía hablar del futuro de la ciudad. Sin embargo, en estos últimos tiempos del “boom” inmobiliario en España el urbanismo ha perdido toda la carga que tenía de transformación social, convirtiéndose en un mero instrumento técnico para posibilitar el crecimiento. El objetivo del plan, en lugar de ser la expresión colectiva, es una especie de mesa de negociación donde promotores inmobiliarios, administración y urbanistas llegan a una solución. A esta solución se le suele llamar el “interés general”, pero muchas veces es sólo el camuflaje retórico de intereses muy particulares.

¿El urbanista podría tener un  papel  más  activo para restablecer la conexión entre ciudadanos y políticos?

Históricamente, el urbanista ha tenido ese papel activo del que hablas. Muchos de los que trabajaron en la etapa de los ochenta habían sido asesores de Asociaciones de Vecinos durante décadas. La gente confiaba en ellos, y eran quienes revindicaban en la administración las necesidades de cada barrio; más escuelas, que se asfaltaran las calles… (en los ochenta las reivindicaciones no eran las actuales). El urbanismo estaba directamente vinculado a la gente. Eso hoy se ha perdido y el urbanista se ha visto relegado, en parte voluntariamente, a un papel muy técnico, en el cual principalmente hace de sacerdote de una liturgia muy compleja, de un alambique terriblemente barroco de normativas y reglamentaciones que la gente común ni entiende ni quiere entender. De tal manera que se ha producido todavía una distancia mayor entre la gente común y muchos urbanistas, que en vez de escuchar a la población y dar expresión a la voluntad general, entienden que su principal labor es traducir técnicamente los requerimientos de los políticos.

En gran medida, las leyes están sustituyendo a las personas de carne y hueso. Yo creo en la idea de que la ley es para el hombre y no el hombre para la ley: la medida de las cosas son las personas. Se puede considerar humanismo, fe o confianza en la capacidad de la gente, pero para mí es esa la clave e inevitablemente lleva a reformular el urbanismo de cabo a rabo. Es necesario desprenderse de todo ese arsenal barroco de legislación que sirve para poco más que para complicar innecesariamente, y que ha dado lugar a que quienes lo dominan estén en posición de ventaja y lo utilicen a su favor.

¿Cómo podemos reformular tanto el urbanismo como el sistema político actual?

En la etapa de la Transición trabajamos desde la base para consolidar la democracia. Creo que hay que volver a ese espíritu, entendiendo la capacidad de la inteligencia colectiva, uniendo a mucha gente para cambiar las pautas de los que toman las decisiones. También creo que la generación más joven debería plantearse el desembarcar con nuevos modos en la política. La democracia no se resuelve en un día y para siempre, hay que ganarla cada vez.

El urbanismo es un tema  muy ligado a la democracia porque piensa el futuro que viviremos; bien defendiendo los intereses económicos de los más poderosos, o bien expresando el sentido común de la gente más numerosa. Entre los ciudadanos y los lobbies de poder siempre va a haber un conflicto, y solo se puede resolver desde la fuerza que da la conciencia de muchas personas. Un sistema político determinado no puede sobrevivir a un cambio de mentalidad popular. Habrá bicicletas en Madrid porque la gente de Madrid las desea. También se limitarán los automóviles: el énfasis estará en recuperar la ciudad. Este cambio de mentalidad, que ya está ocurriendo en otros lugares como Copenhague, Nueva York o Bogotá es irreversible, pero es importante entender que ninguna generación se puede relajar: hemos visto cómo el urbanismo ha sido un instrumento de la democracia y lo hemos acabado viendo como un instrumento irrelevante e incluso convertido en un instrumento perverso desde el poder. Sé que es posible que el urbanismo sea algo distinto. Porque lo he vivido. Para los que sólo han vivido este urbanismo de expansión seguramente esto sea una entelequia, pero yo estoy convencido de que se puede cambiar.

 

Rocío Calzado López

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