Foto: ©José del Río Mons

Cuestionemos el mito del artista arquetípico: hay al menos tantas maneras de ser creador como maneras de hacer tortilla de patatas. Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) transgrede lo predecible en muchos sentidos: su poesía aúna originalidad y herencia clásica, su labor pública dista de las líneas ideológicas típicamente asociadas a la cultura. Doctor en Filología Clásica (1976) y académico de número de la Real Academia de la Historia, ha desempeñado los cargos de director de la Biblioteca Nacional (1996-2000) y Secretario de Estado de Cultura (2000-2004). Su figura está tan consolidada que a algunos les costaría creer que es un poeta vivo…

¿Vivir del arte es vivir del cuento?

El cuento es el heredero profano del mito, y el mito es la creación más importante, el hallazgo conceptual de más envergadura que ha realizado el homo sapiens sapiens a lo largo de sus más de cien mil años de historia. De modo que “vivir del cuento” es una maravilla fronteriza con lo sagrado. Si el arte propicia ese tipo de existencia, bien venido sea el arte. Me dan lástima aquellos que no han experimentado la sensación de vivir en el reino del “había una vez” alguna vez.

La lírica tiene infinitos caracteres. Así como los versos de Otero “muerden la mano de quien los pasa por su hirviente lomo”, ¿a qué invita la poesía de Luis Alberto de Cuenca?

Eso tendrían que decirlo los hipotéticos lectores de mi poesía. Adoptando yo mismo ese papel, porque también me leo de vez en cuando, mi poesía invita a pasar un rato agradable leyéndola, a tropezarse continuamente con los clásicos y con las lecciones que de ellos he aprendido y trasladado a mis versos, a extraer enseñanzas para la vida cotidiana en cuestiones de amor, amistad, odio, etc., a emocionarse (en la medida en que los temas que aborda son los de siempre, y los temas de siempre suelen emocionarnos), a sacar conclusiones sobre la complicidad entre “gran” cultura” y cultura popular… Y, sobre todo, a que quien la lea no se aburra, porque lo cierto es que muchos lectores piensan que la poesía, en general, es aburrida, confusa, hermética, “silenciosa”, y en el caso de mi poesía yo creo que no es así.

¿En qué medida tus estudios de filología clásica influyen en tus procesos creativos?

Todo lo que he hecho en mi vida ha influido decisivamente en mis procesos creativos. También mis estudios de filología clásica. Tanto que hay por ahí dos libros y varios artículos que tratan sobre la influencia del mundo clásico en mi poesía. Es imposible conocer la lengua y la cultura de griegos y romanos y no quedar tocado por la varita mágica del mundo que forjaron. Al fin y al cabo, la Historia del hombre se divide en dos partes: antes de los griegos y después de los griegos. Ninguna revolución ha conmovido tanto los cimientos de la humanidad como la civilización helénica. Ellos fueron los primeros en preguntarse por el ἀρχή del universo, los que inventaron el amor, los padres de la lírica y de la épica, los filósofos primordiales. ¿Cómo no iban a influirme?

¿Puede concebirse la traducción poética sin la reinterpretación, e incluso la creación original, por parte del traductor?

Siempre que traducimos un poema a otra lengua estamos escribiendo un nuevo poema. El milagro que se produce cuando el traductor es lo suficientemente hábil, lo suficientemente sensible y lo suficientemente buen conocedor de la lengua de partida y de llegada es que el poema traducido, sin dejar de ser otro poema, es, a la vez, el mismo poema que se traduce. Cuando Jorge Guillén vierte al español “Le cimetière marin” de Valéry está inventando otro cementerio marino que, al mismo tiempo, es el mismo cementerio marino del poeta francés. Borges rotuló uno de sus libros de poemas, tal vez el más alto, “El otro, el mismo”. En la traducción poética no debe descartarse ese milagro, aunque no sea habitual.

El reconocimiento social de las Humanidades no está en auge. Más allá de un interés gremialista, ¿puede justificarse su necesidad?

No puede ni debe justificarse. Como no debe justificarse la necesidad de respirar, de amar, de temer a la muerte, de procrear, de reír, de llorar, de cualquier otra actividad anímica y/o física que nos constituya como seres humanos. Las Humanidades deberían presidir el curriculum académico de nuestros jóvenes, más allá de la torpe división entre Ciencias y Letras y todas esas zarandajas. Todo quisque tendría que aprender latín, griego, historia de la literatura, historia del arte e historia de la filosofía en el colegio (observa cómo reivindico la palabra “historia” al comienzo de cada disciplina), independientemente de lo que vaya a estudiar después en la universidad. Las Humanidades son el pilar básico sobre el que se levanta la idea de hombre. Sin ellas no seríamos más que sombras estúpidas e inanes.

Son muchos los poetas del siglo XX español que se asocian, ideológicamente, con la izquierda. ¿Qué responderías a la afirmación “Luis Alberto de Cuenca es de derechas”?

Respondería que Luis Alberto de Cuenca es liberal y conservador a la vez, y que eso tiene que ver con el radical escepticismo que siempre he esgrimido y del que siempre he hecho bandera. Borges (una vez más) solía repetir que un sano escepticismo conduce de manera irrenunciable a posiciones conservadoras. La mayoría de mis amigos son de izquierdas y, por tanto, creyentes. Con el tiempo quizá acaben reflexionando y adoptando posturas ideológicas más escépticas. Se lo deseo de todo corazón. Su fe es envidiable, pero peligrosa para los que no compartimos ese sistema de creencias. Pero si no reflexionan y continúan en la trinchera seguirán siendo mis amigos. Los sentimientos importan mucho más que las ideologías.

El diálogo entre cultura y política parece, en ocasiones, dominado unilateralmente por esta última. ¿Es utópico hablar de una defensa de la cultura en tiempos de crisis?

Me da la sensación de que la cultura y la política dialogan poco últimamente. Es raro ver políticos que defiendan el hecho cultural a machamartillo, sin fisuras. Y eso que la política es otro hecho cultural: no hay más que leer a Aristóteles para llegar a esa conclusión, a esa evidencia. En lo que me dices de los tiempos de crisis y de que podría ser utópico defender la cultura en tiempos así, te respondería que todos los tiempos son críticos, que asociamos la palabra “crisis” con la economía, pero que el concepto de crisis es mucho más amplio. Con todo, las crisis económicas han coincidido casi siempre, a lo largo de la Historia, con períodos muy fértiles en el campo de la creación cultural. El hecho de que los poderes públicos no tengan dinero para gastar en cultura no quiere decir, en modo alguno, que la cultura corra el riesgo de desaparecer. Tendemos a pensar en la cultura como en algo subvencionado o subvencionable. Poniendo un ejemplo: ¿por qué va a hacerse cargo el Estado de financiar el cine español? La cultura debe buscarse la vida en el ámbito de lo privado, de lo individual, de lo personal, que es su territorio.

 

Entrevista: Violeta Lanza (agradecimientos a Cristina Gutiérrez)

Fotografía: ©José del Río Mons

Categories: Literatura

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