“Decir las cosas como son” Entrevista a Jesús Mosterín

“Hay que decir las cosas como son, pero con normalidad y sin ninguna agresividad”. Ésta es la posición que defiende Jesús Mosterín, figura visible del pensamiento actual y académico de reconocida trayectoria (Universidad de Barcelona, CSIC y diversas instituciones internacionales). En sus casi 40 obras publicadas ha tratado condición humana y biología, ciencia y religión, con una franqueza inusual y muchas veces polémica.

Según su obra La naturaleza humana, “los bebés nos encantan, pues estamos genéticamente programados para ser encantados por ellos[1]”; el amor tendría que ver con la transmisión de los propios genes… Hay quien diría que para encajar estas tesis hace falta estómago.

Para encajar la verdad lo que hace falta no es estómago, sino cabeza. Es cierto que nosotros estamos muy interesados, aunque sea inconscientemente, en nuestros propios genes. Y como nuestros propios genes no solo están en nosotros sino también en nuestros parientes inmediatos, esto nos predispone a quererlos. Otra cosa es la respuesta que los bebés despiertan en nosotros. Los animales respondemos a ciertos estímulos del entorno, y estamos genéticamente programados para reaccionar favorablemente ante el esquema de carita infantil. A muchos nos encantan los bebés e incluso los cachorros de otras especies, pero no porque hayamos tomado una decisión al respecto, sino porque estamos preprogramados para ello.

En mi opinión, no hay separación tajante entre la ciencia y la filosofía, porque ambas forman un continuo. Cualquiera que domine el griego clásico sabe que las palabras epistéme (ciencia) y philosophía son sinónimas, se usan como en español “asno” y “burro”. La diferencia que marcaban los filósofos griegos no era entre ciencia y filosofía, sino entre ciencia-filosofía (la búsqueda del saber riguroso y fiable), por un lado, y la mera opinión (dóxa), por el otro. No es lo mismo constatar o describir algo fenomenológicamente, como se percibe, que estudiar los mecanismos subyacentes que lo producen. Si tienes un coche, puedes observar que en determinados momentos se para, o se acelera, sin saber exactamente cómo o por qué ocurre. Pero si conoces su mecánica, puedes explicarlo. A nosotros nos pasa lo mismo. Por ejemplo, si a un niño le das un alimento dulce, normalmente le gusta más que uno agrio o amargo, no porque se lo hayan enseñado, sino porque está genéticamente preprogramado para ello: tiene unas ciertas secuencias de DNA en sus cromosomas que lo inducen a que le guste lo dulce. Y la madre, que le da de comer, aunque ignore la ciencia genética, sí sabe que a su hijo le gusta lo dulce.

Dice también que la dignidad humana no puede argumentarse desde nuestra diferencia respecto a los animales, porque somos una especie más.

Los seres humanos no nos diferenciamos de los animales en nada, pues nosotros mismos somos animales: formamos la especie Homo sapiens, perteneciente al orden de los primates y al reino de los animales. Esto es una verdad trivial, como decir que las madrileñas no se diferencian de las mujeres en nada; claro que no, pues las madrileñas son mujeres. De lo que sí nos diferenciamos es de otras especies concretas, como los elefantes o las garrapatas. Decir que esta diferencia, que no existe, fundamente algo igualmente inexistente, como la dignidad, es el colmo de la retórica huera y pretenciosa.

“Dignidad humana” es una expresión que carece de sentido: es lo mismo que decir “blablabla, blublublu”. Cuando nos hablan de la dignidad, normalmente están tratando de engañarnos, porque cuando la gente no trata de engañarnos emplea expresiones comprensibles, nociones que se refieren a cosas reales. Grandes barbaridades, incluidas guerras y persecuciones, se hacen en nombre de la dignidad. En Panamá, el dictador Noriega tenía sus “batallones de la dignidad” que se dedicaban a apalear a los opositores. Cosas como la dignidad, el honor, la patria, Dios, el demonio o los fantasmas son, como dirían los nominalistas,  flatus vocis, meros soplos de aire. ¿Qué es eso de la dignidad? Hoy en día me parece que pocos filósofos sensatos aceptarían el discurso de la dignidad. Se sigue usando, pero a niveles intelectualmente primitivos.

La dignidad humana suele asociarse al debate bioético. No es raro oír que la eugenesia y la clonación hacen del ser humano, en términos kantianos, un medio y no un fin…

Esto de “el medio y el fin” es una terminología bastante confusa, porque en ciertos contextos parece implicar que lo uno excluye lo otro, lo cual no es el caso.  Normalmente todos somos a la vez medios y fines para los demás, y a la inversa. Todos usamos al médico, al profesor, al taxista y al peluquero como medios y no hay nada de malo en ello. Los temas de la investigación biomédica han de ser analizados uno por uno, no mediante eslóganes retóricos que esconden la complejidad de los asuntos.

Hasta ahora no se ha efectuado la clonación de ningún ser humano, y pienso que tampoco se hará en el futuro, excepto en casos muy raros. En efecto, la clonación es un proceso muy inseguro, largo, caro y desagradable, mientras que los seres humanos podemos reproducirnos de una manera mucho más divertida, barata y rápida, como todos sabemos. De todos modos, si en algún momento la clonación humana llega a ser una posibilidad, y a alguien en ciertas circunstancias le interesa, y el clonado es un ciudadano como los demás, con idéntica protección legal, no veo razón alguna para prohibirlo. Por ejemplo, si unos padres que aman muchísimo a su hijo único, al que acaba de atropellar un coche, deciden producir por clonación un bebé que más adelante vaya a  parecerse al hijo perdido a partir de una célula suya, y se lo pagan de su bolsillo, no veo razón alguna para impedírselo.

Por otro lado, la eugenesia voluntaria será racional y habitual cuando conozcamos mejor el genoma. Todavía no se practica mucho porque aún no conocemos lo suficientemente bien el genoma humano. Desde luego, entiendo perfectamente que una pareja que pueda tener tanto hijos sanos y cuerdos como hijos con el síndrome de Down o con una tendencia compulsiva a la criminalidad, prefiera tener un hijo sano y equilibrado. Y tampoco veo razón alguna para impedírselo.

¿En su concepción de la filosofía caben las preguntas trascendentales?

En la filosofía y en la ciencia buscamos la verdad, el conocimiento de la realidad. Con frecuencia esto es más una pretensión que un resultado. La historia de la filosofía, junto a notables aciertos y valiosas clarificaciones conceptuales, nos presenta también un enorme cementerio de ideas falsa e incluso de disparatadas. El gran filósofo y científico Aristóteles pensaba que la función del cerebro consiste en enfriar la sangre que el corazón calienta excesivamente. El también filósofo y científico Descartes pretendía que hay un fantasma o espíritu inmaterial e inespacial (res cogitans) separado de un cuerpo mecánico y espacial (res extensa) con el que sin embargo interactúa a través de la glándula pineal, de la que ahora sabemos que sirve para sintetizar melatonina y adormilarnos. En la historia de la filosofía, además de falsedades como estas, hay también  completos sinsentidos, que son peores, como cuando Heidegger dice que “la nada nadea” (das Nichts nichtet).

La palabra “trascendental” tiene sentidos distintos en la escolástica, en el kantismo y en el lenguaje ordinario, donde equivale a “muy importante”, dicho en tono solemne. En este último sentido ordinario, todas las preguntas importantes de la filosofía son trascendentales. Una pregunta importante, cuya respuesta desconocemos, es la pregunta de si hay vida o incluso habitantes inteligentes en otros lugares del universo. Otra cuestión importante y por eso “trascendental” es la pregunta por el sentido de la vida, es decir, si la vida tiene sentido. Esta pregunta tiene una respuesta unívoca: la vida carece de sentido. Esa es la verdad. Pero aunque la vida de por sí no tenga sentido, cada uno de nosotros, si quiere, puede dar un sentido a su propia vida. Somos agentes intencionales y  podemos tomar decisiones que abarquen toda nuestra trayectoria biográfica y le den sentido. Si voluntariamente decido dedicarme a salvar las ballenas, o a buscar una vacuna contra la malaria, o a construir un modelo de una carabela dentro de un botellón de vidrio, o a matar a todos los herejes, le habré dado un sentido a mi vida (desde luego, no necesariamente bueno).

¿Todos los religiosos son antidarwinistas, o cabe un posible debate ciencia-religión?

Básicamente, las religiones positivas o dogmáticas son supersticiones. Lo que dicen es falso. Muchos creyentes religiosos son antidarwinistas, pero no todos. Su problema principal no es que su religión sea antidarwinista, sino que se basa por completo en el concepto de un dios personal que es absolutamente vacío, es humo, no corresponde a nada real ni posible. Decir “Dios” es como decir “chumbachumba”. No es que la religión positiva sea una ideología en otro sentido aceptable, pero que tropiece en el punto concreto del darwinismo. Es que tropieza también con la astronomía, con la geología, con la genética, con la neurología y con cualquier ciencia. Es un tipo de ideología absolutamente primitiva, precientífica e incompatible con el pensamiento racional actual.

Hay que ser rigurosos y claros, diciendo las cosas como son. Si Dios no existe, hay que decirlo. Y si la nación no significa nada, hay que dejarlo claro. Pero hay que decirlo con normalidad y sin ninguna agresividad. Y ello es compatible con la tolerancia y la amistad. He sido y sigo siendo amigo de ciertos curas, y de personas religiosas agradables de trato. También he conocido a creyentes que hacen una buena labor, como las monjas que cuidan a los enfermos; merecen todo nuestro respeto, pero eso no es óbice para que sus creencias centrales sean falsas o sin sentido.

Sin embargo, su obra “La naturaleza humana” termina tratando la visión cósmica, una ciencia un tanto mística, algo así como “sintonizar con el Universo, sentarse en el trono de Dios, acompasar el pálpito de nuestro corazón a un latido divino”.

Uno puede estudiar la ciencia como una técnica gris y desabrida para la mera obtención de datos, sin implicarse emocionalmente con ellos en modo alguno. Pero uno  puede también maravillarse ante la vida y ante esta estructura tan increíblemente hermosa y compleja que es el universo, y sentirse en sintonía con él. En ese sentido es en el que  se pueden emplear expresiones metafóricas e imprecisas como “lo divino” atribuidas a la realidad entera y se puede incluso hablar de una “religiosidad cósmica”, como hacía Einstein. Todos podemos vibrar con la naturaleza y tener una cierta relación emocional y casi mística con ella. Pero es una mística racional, compatible con la ciencia y la filosofía, nada supersticiosa, y que excluye cosas tales como los dioses personales y las almas inmortales. Por el contrario, la religiosidad doctrinaria que predican el cristianismo, el islam, el judaísmo y otras religiones positivas es incompatible con la ciencia, y no produce  ningún tipo de sintonía con la realidad, con el universo ni con la vida. Lo único que produce es ofuscación y fanatismo, mientras que el conocimiento del universo y de estas realidades, como la vida, de las que formamos parte produce iluminación y auténtica felicidad.

 

Entrevista: Violeta Lanza

 

MOSTERÍN, J.; La naturaleza humana, Editorial Espasa, Colección Austral, Barcelona, 2008, p. 274

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