Hablamos de ciencia. En un contexto de dificultad económica, es necesario preguntarse por un saber que para muchos es auténtico motor de transformación social. The Bo Review ha podido conversar a este respecto con José Manuel Sánchez Ron, catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid. El doctor Sánchez Ron (Madrid, 1949) ha desarrollado una amplia trayectoria investigadora y de formación internacional en universidades como King’s College London y University College London. Si bien algunas de sus obras son de carácter divulgativo -como sus célebres colaboraciones con Mingote, entre ellas ¡Viva la ciencia! y, recientemente, Una historia de la medicina – la divulgación no es la dimensión primordial en su carrera. Sánchez Ron se define, ante todo, como un historiador de la ciencia en cuya labor se aúnan saber científico y humanismo. No en vano ocupa el sillón G de la Real Academia Española de la Lengua…

En su labor de transmisión del saber científico, ¿cuáles son las mayores dificultades que ha encontrado para llegar al público?

Uno de los mayores problemas que encontramos es que la ciencia y la tecnología tienen un lenguaje propio más complicado de entender que las humanidades y ciencias sociales, lo que las hace menos accesibles al lector. Por otro lado, uno de los propósitos tanto de la historia de la ciencia como de la divulgación debería ser que el lector viera que hay vida dentro de la ciencia: que lo que se cuenta forma parte de la vida de todos y de todos los tiempos, y que, además, es importante. Para ello es necesario conmover a los lectores: que vean que lo que les cuentas tiene que ver, profunda, íntimamente, con ellos.

 

Su trayectoria aúna humanismo y saber científico. ¿Realmente esta colaboración mejora el mundo? ¿O deberían ponerse límites a cada disciplina?

La naturaleza es una, y hay que entenderla de manera global y no separándola en bloques. Esto, la separación tan rígida en “especialidades”, es una limitación de la universidad actual. En el mundo científico actual, en la investigación al igual que en la aplicación de los conocimientos científicos, tiene gran importancia la interdisciplinariedad: proyectos que son llevados a cabo por especialistas en distintos campos, pero donde todos los que participan entienden el lenguaje de los demás. Y en lo que se refiere a las llamadas ciencias sociales, deben tener en cuenta lo que nos dicen las ciencias de la naturaleza. No deben mantener discursos autónomos.

Sus exitosas colaboraciones con Antonio Mingote -en obras como ¡Viva la ciencia!, El mundo de Ícaro y Una historia de la medicina-  son ampliamente conocidas. ¿Cuál puede ser la relación óptima entre ilustración y ciencia para una mejor divulgación?

Es necesario que se pueda seguir el contenido de un libro tanto leyéndolo como siguiendo sus imágenes, sin que esto quiera decir que sea un cómic. Ésa sería la proporción justa. Podríamos decir que en nuestra colaboración, Mingote y yo aspiramos a que un lector que no lea una sola palabra se haga una idea -primitiva, por supuesto- del contenido del libro, y que esa idea primera, y primaria, le induzca a leer el texto … si es que no lo había hecho de entrada (que debería). En ¡Viva la ciencia!, por ejemplo, pretendíamos ofrecer una visión del mundo a través de la ciencia, intentando que los lectores obtuviesen una idea de lo que es realmente la ciencia, su método, algo de su historia, y sus diferentes ramas, y demostrando que, aunque parezca lo contrario, la ciencia puede ser divertida.

La divulgación científica es inseparable de la educación. A nivel universitario y desde su experiencia en tantas universidades de prestigio internacional, ¿qué diferencias observa tanto a nivel de recursos como a nivel docente?

Una diferencia fundamental se encuentra fuera del mundo universitario. La cultura y la historia influyen mucho en el papel que juega la ciencia en un país, y en España nuestra historia y cultura científicas son bastante limitadas. No es tanto un problema de recursos, aunque también se dé, especialmente en los últimos años, sino de mentalidad. Y no olvidemos que las pobres perspectivas de trabajo a las que se enfrentan los jóvenes científicos en nuestro país es algo que afecta al ánimo de los estudiantes. Por otra parte, desde mi punto de vista la implantación del plan Bolonia en España está siendo muy deficiente, en, por ejemplo, todo lo que se refiere a las tutorías: es muy diferente como se tutoriza en universidades como Oxford o en Cambridge, que como se hace aquí en España, con demasiados alumnos. Allí, las tutorías son, o pueden ser, casi como conversaciones entre pocos.

 

Otro punto que quisiera mencionar, uno que sé no es políticamente correcto, es que hay una gran diferencia en los criterios de admisión en las mejores universidades extranjeras y en las españolas. En España prima más la idea de que el acceso a la educación superior es un derecho fundamental, independientemente de la condición intelectual. Por lo que hay que luchar es porque nadie no pueda acceder a los estudios universitarios por motivos económicos, pero otra cosa es la capacidad intelectual. Desgraciadamente, no todos tenemos las mismas capacidades aunque tengamos los mismos derechos. El espectro de educación, que debería proporcionar la base para poder ejercer una profesión, es muy amplio, no se limita a la universidad. Parece que olvidamos esto, obnubilados por argumentos de “prestigio”. No entender que a cada uno deberían dársele oportunidades en función de la capacidad intelectual es algo que perjudica tanto a los individuos, a los estudiantes, como al país.

A día de hoy la universidad española sufre más que nunca los recortes en docencia e investigación públicas. Esto propicia que las empresas inviertan sólo en lo que les es útil, y no en la ciencia básica…

Estoy de acuerdo, pero esto que no es novedad: pocas veces, la industria española ha invertido en la ciencia básica a lo largo de nuestra historia. Es uno de los grandes problemas de España, y de muy difícil resolución. Es imposible ser más competitivos sólo desde el lado de lo público, de la investigación financiada por el Estado.

Por otro lado, aunque la ciencia “básica” es muy importante, ésta necesita de la experimental: la instrumentación y los experimentos constituyen la savia de la ciencia. Y las facilidades instrumentales son particularmente caras, de manera que es difícil que se suministren los recursos necesarios únicamente mediante financiación pública, siendo especialmente conveniente, por consiguiente, la contribución privada. Una industria privada interesada  en la investigación, que necesite de ella para sus negocios, tiene que disponer de instrumentación de última generación, y puede que a ésta accedan no sólo investigadores que trabajan en esas industrias sino también otros que lo hacen en centros públicos de investigación. No olvidemos, en cualquier caso, que en el mundo de la industria privada se han llevado a cabo descubrimientos científicos de primera magnitud: en los Laboratorios Bell de Estados Unidos se descubrió el fondo de radiación de microondas, la gran prueba de que el universo se encuentra en expansión, y se inventó el transistor, un hijo de la física cuántica que ha cambiado el mundo.

Volviendo al caso español, y dadas las limitaciones económicas, y de otra índole, como “no hay café para todos”, habría que seleccionar en busca de la excelencia, pero sin olvidar parámetros como la rentabilidad económica, las implicaciones sociales o las perspectivas de futuro. Me resulta difícil defender, como si fuera una ley universal, el que cualquier científico tenga los mejores medios posibles a su disposición sin realizar un estudio previo de la viabilidad económica del proyecto. Puede ser así en algunos casos, pero no en todos.

¿Estaría de acuerdo con los que critican el enfoque actual de la universidad, por su carácter excesivamente técnico?

Aunque debo confesar que no conozco demasiado los currícula actuales, creo que una de las labores de la universidad es formar buenos profesionales que puedan servir de una manera moderna a las necesidades del siglo XXI. En ese sentido no veo mal que se potencie lo práctico, sin olvidar, naturalmente, el saber universal libre de toda circunstancia o aplicación.

Sin embargo, muchas personas sienten un cierto rechazo o desinterés por la ciencia. ¿Qué le diría a estos “ciencialérgicos”?

Que tienen una limitación, un problema. Cualquiera puede, y desde luego debe, entender la importancia de la ciencia, un producto humano que nos ennoblece. Sé, por supuesto, que existen esos “ciencialérgicos”, y que una causa de su existencia puede deberse a, como decía antes, la mayor dificultad de la ciencia: es más difícil leer un libro científico que una novela. Otro factor que desde luego no favorece el interés por la ciencia, se encuentra en los “malos ejemplos”, uno de los cuales lo tenemos en que la mayoría de los dirigentes políticos del país tienen una cultura de humanidades, algo que se termina advirtiendo y teniendo consecuencias, a pesar de todas esas manifestaciones de lo importante que es la I+D+i, una de las primeras víctimas, por otra parte, de la presente crisis, siendo como es un instrumento de futuro esencial. Parte de culpa es también de los científicos, aunque es justo reconocer que ahora salen “a la calle” a opinar, a divulgar y a defender la ciencia más que antes.

Frente a los “ciencialérgicos”, hablemos del amor por la ciencia. ¿Cuál es el papel de la pasión en la labor de un investigador? ¿Hasta qué punto es el motor de su trabajo?

Para cualquier actividad -si se busca sobresalir- la pasión es un elemento imprescindible. Se puede ser un buen profesional sin pasión, pero es muy difícil sobresalir. Recuerdo el discurso que pronunció Mario Vargas Llosa cuando recibió el premio Nobel; dijo entonces que cuando su mujer y sus hijos le hablaban, con frecuencia él estaba pensando en sus novelas, tenía la cabeza en otras cosas, en su profesión, que es también un gran amor. Por supuesto, desde más de un punto de vista, esto es injusto o no recomendable, pero suele ser una característica que acompaña a los grandes en cualquier disciplina. Además, esa pasión por el trabajo, ayuda a ser más feliz.

 

Entrevista y fotografía: Pedro José Cazorla García

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