El recorrido vital de Ángel Gabilondo (San Sebastián, 1949) no puede disociarse de la Filosofía. Licenciado por la Universidad Autónoma de Madrid y actualmente Catedrático en la misma, ha compaginado su actividad humanística con el ejercicio de cargos políticos como el de ministro de Educación (abril 2009 – diciembre 2011) y rector de la misma Universidad (2002-2009). The Bo Review ha tenido el privilegio de conversar con él acerca de la filosofía como motor de compromiso social en el contexto de la educación, que en palabras del propio Gabilondo no hace sino “combatir la miseria y la ignorancia del mundo.”

Según el escritor francés del s. XIX Jean Louis Auguste Commerson, la filosofía es “aquella cosa cuya única utilidad es consolarnos de su inutilidad.” Esta afirmación parece de sorprendente actualidad, teniendo en cuenta la escasa valoración que recibe la filosofía el ámbito académico español. ¿Qué es, a su juicio, útil, y qué es inútil?

Yo creo que hay que ser una persona eficiente y por lo tanto pragmática. Pero me parece un error identificar esto únicamente con lo inmediatamente rentable y aplicable. Hay un conocimiento que da sentido a nuestro vivir, y que desde luego responde a necesidades, aunque no tanto a demandas concretas de la actualidad. Pero éste no es un discurso a favor de la inutilidad, sino en contra de una lectura tecnocrática de lo útil.

Ha dedicado usted su vida académica a la filosofía, lo que no le ha impedido desempeñar cargos de servicio público tan activos como los de ministro de Educación y rector de la Universidad Autónoma de Madrid. ¿Cabría recoger de algún modo las reivindicaciones de Platón, cuando dice que el gobernante ha de ser filósofo? Este paso de la filosofía al compromiso activo y el servicio público, ¿es más natural de lo que muchos pensarían?

El debate platónico sobre si deben o no gobernar los filósofos es sin duda amplio. Cabe preguntarse incluso si no podría llegar a ser inquietante; sin embargo lo que es más inquietante es que se gobierne al margen del pensamiento, considerando que es una inutilidad. Del mismo modo que hay quien a veces se sorprende de que alguien pueda tener un puesto político si tiene a la vez una actividad profesional, hay quien se sorprende de que pueda ser político una persona con principios, valores y convicciones. O con pasión por el pensamiento y el conocimiento. Más bien pienso que éstas deberían ser condiciones indispensables para poder desempeñar estos puestos. Debemos reivindicar una política no pegada a “politiquería.”

Mi concepción de la filosofía está muy pegada al desarrollo de la “polis.” De este modo es natural que de una u otra manera uno se vea llamado a compromisos sociales, políticos y públicos. Pero es que no he hecho otra cosa en mi vida, ni la hago ahora. Cuando me preguntaron si, por volver a la universidad, dejaría la atención por lo público, no pude estar en mayor desacuerdo: la Universidad no es una institución indiferente a esos compromisos. Siempre he tenido un compromiso social, político y público, y sigo queriendo tenerlo. Y esté donde esté, lo tendré: como profesor, gestionando otras cuestiones, desarrollando mi labor escribiendo… el compromiso social está con toda naturalidad en este modo de concebir el pensamiento.

Traigamos a colación la figura de Sócrates, filósofo no precisamente insignificante. En la “Apología” dice que una vida que no es sometida a examen (a cuestionamiento, a filosofía al fin y al cabo) no merece la pena ser vivida. Y es considerado históricamente como el maestro por excelencia… ¿Cómo definiría la relación entre filosofía y educación?

Aunque Sócrates no escribió, quizá gracias a él escribimos un poco todos. Educador es quien crea condiciones de posibilidad para la palabra de los demás. Creo que la educación no es tanto decir -y no soy el primero en creer esto- “hazlo como yo”, sino “hazlo conmigo.” Esta actitud, que está en Sócrates, no es la de quien se las sabe todas mejor que los demás, sino que está dispuesto a buscar con los demás. En esta filosofía, “filo” indica por un lado el afecto y la complicidad con el saber, pero también con todos los que buscan el saber. Es decir, se trata de buscar juntos en una dimensión verdaderamente humana y de espacio compartido. Suelo decir que sin afectos no hay conceptos.

Además creo que la educación, desde luego, no debe reducirse a la adquisición de conocimientos. No debe identificarse como la simple formación de dóciles empleados. Tiene que generar ciudadanos activos y libres y propiciar una capacidad de acción. Me gustaría hablar de que la filosofía no es estrictamente útil ni estrictamente inútil: precisamente lo que hace es poner en cuestión el sentido presupuesto de esta distinción. Y desde luego no hemos de tener complejos sobre la inutilidad de la filosofía. El mundo técnico, que es nuestro mundo y tanto queremos, a veces ha devenido tecnocrático olvidando otras necesidades de los seres humanos.

Quizá es siendo pública como la educación puede de verdad transformar la sociedad y aspirar a la igualdad de oportunidades. Sin embargo, ¿hasta qué punto hablar de equidad no es un discurso utópico?

La equidad es un elemento constitutivo de la justicia y de la libertad real. Hay una dimensión de la utopía, entendida no tanto como imposibilidad sino como aquello que nos moviliza para luchar por algo. El horizonte siempre ha de ser de libertad y de justicia y, por tanto, ético. Cuando se reivindican la equidad y la igualdad de oportunidades se está luchando contra paternalismos, se está reivindicando que todos somos seres humanos: fines y no medios. Tenemos que ir hacia la calidad, pero desde la equidad. El debate sobre la utopía no debe hacernos olvidar que estos son elementos consustanciales a la dignidad del ser humano. Ya sé que es difícil, pero eso no quiere decir que no debamos luchar por ello. También son difíciles la libertad y la justicia.

Ante la difícil situación de la universidad pública, los estudiantes muestran su descontento a través de huelgas. ¿Diría usted que son la forma más eficaz de hacer patentes sus ganas de trabajar por una Universidad mejor?

Hay que utilizar todos los instrumentos no violentos y dentro de la legalidad vigente para hacer valer las razones. Hay muchas formas de resistencia: estudiar, trabajar, ser exigente con uno mismo y con los demás, ser capaz de trabajar con otros. Hay también formas sociales, políticas y públicas de expresarse, a través de la manifestación como posibilidad constitucionalmente reconocida. Creo que hay que hacerlo siempre buscando la concordia,  incluso en la tensión. La tensión no es mala, pero sí lo es acomodarse en ella sin buscar nunca la armonía. Por eso creo en los consensos y por eso soy un “enfermo” del consenso, como algunos me dicen.

La educación no se puede comprender sin la figura del docente. Sin embargo esta figura tampoco es muy valorada en nuestro país.

Debería estarlo. Todos tenemos que trabajar para ello, especialmente en el ámbito al sistema de acceso a la profesión, al reconocimiento social y público y la garantía de medios. Todos los que tenemos alguna responsabilidad tenemos que estimular esto con el discurso. Es determinante generar confianza y reconocimiento social, lo que desde luego no es fácil. Son fundamentales la remuneración, las condiciones para desarrollar el trabajo. Las carreras de formación del profesorado han de estar consideradas como de primer nivel. En algunos países, a los mejores estudiantes se les beca si quieren ser profesores. En otros parece que ser profesor está reservado a quien no tiene otras posibilidades. Espero que ése no sea nuestro caso.

Si de lo que se trata es de velar por el progreso de una nación -entendida no como abstracción política, sino como un conjunto de personas- ¿defender la educación no es sino defender el país?

Por supuesto que sí. España será lo que sea su educación. No será otra, ni nuestra comunidad ni nuestro país, no será otro ni no somos nosotros también otros. Si no nos transformamos a nosotros mismos, no habrá transformación de la sociedad. Esto lo dice Michel Foucault. Cito a Foucault pero esto lo pensamos muchos; no se trata de un discurso interiorista o espiritualista. Estoy hablando de una realidad.

Afirma que es fundamental promover la confianza social. Pero se habla de recortes, de fuga de cerebros, de malestar en la educación pública. ¿Hay razones para el optimismo?

“Guardemos el pesimismo para tiempos mejores,” decía Eduardo Galeano. Es una razón para el optimismo el hecho de que no nos podemos permitir otra cosa. Sin embargo, en España hay hoy más titulados universitarios de los que ha habido nunca, y más personas estudiando de las que ha habido jamás: casi 10 millones de personas. En el ámbito universitario, los progresos en la investigación son indescriptibles. Además hay auténtica pasión y vocación en muchas personas del mundo de la educación. Cada vez hay más estudios de tema educativo, y más conciencia social sobre su importancia. Lo único que importa es que no caigamos en el desánimo.

 

Violeta Lanza Robles