El panorama intelectual de las letras españolas refleja una profunda preocupación por las nuevas propuestas educativas, cuyas reformas parecen ir en grave detrimento del contenido humanístico de los planes de estudio. Se pretende eliminar no sólo la Ética de 4º de ESO, sino también la Historia de la Filosofía en 2º de Bachillerato. Se trata éste de un debate candente articulado en torno a varios factores de gran complejidad, entre ellos qué ha de entenderse por educación, ciudadanía e incluso persona. The Bo Review ha tenido el honor de entrevistar a Miguel García-Baró sobre esta controvertida cuestión.

El profesor Miguel García-Baró López estudió filosofía, filología clásica y teología en las Universidades Complutense y Johannes Gutenberg. Se doctoró en la Universidad Complutense, siendo profesor de la misma entre 1978 y 2000, cuando se incorporó a la Universidad Pontificia Comillas. Autor de una amplia producción filosófica y miembro de varias organizaciones internacionales como Deutsche Gesellschaft für phänomenologische Forschung, la Sociedad Española de Fenomenología, The World Institute for Advanced Phenomenological Research and Learning, hoy nos recibe en su despacho de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales en el campus de Cantoblanco.

 

Partamos de una de las frases de tu reciente ensayo, publicado en la revista Razón y Fe: “La filosofia es la empresa personal, en principio solitaria y al final ojalá que colectiva, de reflexionar sobre las presuntas verdades que orientan en su centro, en su fondo mismo, toda la existencia de la persona. (…) Demasiado, se dirá para que tal cosa reciba un lugar académico, casi ni aún en la universidad, que debe enfocarse a funciones más urgentes[1].” Parece que lo que está en juego es el concepto mismo de educación.

Desde luego, parece milagroso que queden lugares en la enseñanza media para cosas que no son en principio funcionales, que la sociedad cree no necesitar aunque por supuesto las necesita. Y eso que ahora se está descubriendo, a través de las teorías de las inteligencias múltiples, que también estas actividades en principio no funcionales terminan por serlo de otro modo; eso sería terrible, si definitivamente todo ha de ser necesariamente funcional para ser valorado.

Dices que “la libertad y la madurez en la justicia y en la solidaridad son la esencia del progreso real de una nación[2].” Y que la enseñanza de las Humanidades, bien planteada, debería potenciar la reflexión en estos valores. ¿Deberíamos preguntarnos -quizá al modo socrático- en qué consiste ser ciudadano de una nación, para poder comprender mejor en qué debe consistir su educación? Si es que el objetivo de la educación es formar al ciudadano… ¿Se trata sólo de funcionalidad, o tiene que haber algo previo no basado únicamente lo inmediato?

Precisamente se trata de lo prepolítico, que tiene más importancia aún que lo político. Creo que podríamos dar por supuesto todavía, a esta altura de los tiempos y al menos en Occidente, que un ciudadano tiene que ser ante todo alguien libre y lleno de deseos de conocimiento. Ésas son las dos características básicas de la definición misma del hombre desde la Antigüedad: un ser vivo que tiene “logos”. Por ello es fundamental que sigamos cuidándolas. Además, es fundamental que en los espacios que se dejan para enseñanzas de Humanidades se tenga muy en cuenta su especificidad, sin imponerles criterios o métodos que no son los propios de ellas.

¿A qué tipo de criterios te refieres?

El hecho de que una persona piense, y por tanto lea y escriba que mucho más en cantidad y variedad de lo que normalmente se le pide, implica que abra la mente a unas tareas prácticamente infinitas e imprescindibles. Todo eso es difícil de captar en lo que llaman “guías docentes”. No se puede predecir cómo va avanzando el curso en un diálogo real. Esto es muy difícil de tener en cuenta en un sistema educativo cada vez más restrictivo, donde parece que los alumnos son intercambiables entre sí, del mismo modo que el profesor. Es fudamental comprender las Humanidades en su particularidad: no son ciencias humanas y sociales, porque son más que ciencias.

¿Se trata quizá de aproximaciones a algo más intangible?

Precisamente. Se trata de esa diferencia, a la que hacía alusión Gabriel Marcel, entre “problemas y misterios”. Un problema es una cuestión concreta que, por difícil que sea, una vez resuelta ya no da más problemas. Un misterio, en cambio, es un tema recurrente que todos los días de la vida tenemos que renovar de alguna manera. Eso requiere por supuesto un espacio en la propia vida, pero también en las horas dedicadas al aprendizaje desde muy temprano: precisamente los niños están llenos de preguntas…

Sin embargo, sugerir que “la preparación profesional no es el objetivo principal de la educación escolar, y quizá tampoco de la universitaria[3],” puede parecer a muchos algo alejado de la realidad.

Desde luego, donde sí que es esencial es en la enseñanza media. Y quizá también al llegar la madurez profesional. A partir de los cuarenta años vuelve a ser fundamental, y además hoy se nota como una necesidad social: personas que en el fondo buscan, aún sin ser del todo conscientes de ello, Humanidades. ¡O Filosofía precisamente! Ahora bien, a pesar de todo también tiene que haber un espacio para ello en la universidad. Tiendo a pensar que, en manos de todo universitario que comienza sus estudios, se debería poner el libro “Misión de la Universidad” de Ortega y Gasset. Aunque esté un tanto atrasado para ciertos temas, de entrada le descubre a uno que hay varios objetivos posibles en la Universidad. Tiene que formar profesionales, faltaba más. Tiene que estar atenta a las necesidades de la sociedad, tiene que tener una relación con las fuerzas sociales e incluso con lo económico… Pero su misión esencial es el tratamiento de todas estas cuestiones prepolíticas: libertad y conocimiento. Y a eso hay que atender en las facultades, si es que son facultades y no otra otro tipo de escuela (con la infinita importancia que éstas también tienen).

Desde luego esto es algo muy difícil de organizar. Es difícil que los gobernantes tengan la flexibilidad, la cultura y la sensibilidad suficientes como para propiciar que haya enseñanzas regladas de maneras diferentes. Por ello creo que se dan tantos movimientos de protesta contra tantos de los que están sucediendo en facultades de Humanidades, más en Estados Unidos y Europa que en España.

Hablas también de “leer de veras y escribir de veras[4],” que quizá no son sino sinónimos de cuestionar las opiniones ajenas y argumentar la propia. Quizá la supresión de las humanidades a nivel educativo puede tener como consecuencia, buscada o no, el desarrollo de un ciudadano mucho más sumiso y aborregado, susceptible de dejarse arrastrar por ideologías variadas.

Efectivamente; por eso es tan importante, entre otras cuestiones, enmendar lo que entendemos por “lectura”. Recuerdo un texto de Steiner que decía que si llaman al teléfono y estás comiento no se debe atender uno la llamada: lo mismo sucede con la lectura. Es un acto enormemente privado, que necesariamente debe llevarnos a cuestionar lo que dice el autor. Un libro importante es el que “ataca”, el que supone una dificultad intelectual para el lector. Leer no es puro entretenimiento, no son novelas históricas de mala calidad. Y no hablemos ya de la escritura: el esfuerzo de expresar tus propios conceptos también te obliga a cuestionarte. Además de implicar el requisito estético del buen gusto, importante fragmento de la educación del ciudadano.

Es cierto que en el Bachillerato no se potencia prácticamente nada la escritura…

Cuando yo era estudiante teníamos que hacer una redacción prácticamente cada dos días, de cualquier tema. Eso ha desaparecido. Como he tenido mucho hijos he podido ver cómo iba descendiendo el nivel: los mayores tenían que leer libros de 200 páginas, los medianos 100 y los pequeños prácticamente un cómic…

Quizás estas propuestas de reforma educativa responden a la crisis, que obliga a plantearse ajustes en función de unos valores determinados. Quizá es necesario un cierto pragmetismo, saber que las necesidades puramente técnicas (los problemas, que no misterios), son algo fundamental a tener en cuenta. Frente a esta tensión que se da entre lo pragmático y el compromiso con la dimensión filosófica del hombre, ¿a qué acuerdo se puede llegar para alcanzar un proyecto educativo realista?

Cada institución educativa tendría que tener un ideario claro que se le presentara al almuno nada más entrar. Comillas, por ejemplo, tiene una escuela de enfermería cuyo objetivo principal es ser la mejor escuela profesional, pero por ser una facultad católica da además una atención necesaria al problema de la miseria. Mediante ciclos de conferencias y otros medios, se procura que los alumnos no salgan sin estar sensibilizados… Creo que no está claro cuál es la idea que una universidad tiene de sí misma. Los estudiantes e incluso los profesores parecen a veces estar en ella azarosamente. La universidad ya no es una institución formativa.

La común concepción de “voy a cubrir una serie de créditos, asistir a X clases y que me den mi título”. Sin embargo como fórmula opuesta a ésta, hay quien dice que debemos ser cautelosos con estas actividades complementarias, pues pueden implicar un intento de ideologización por parte de las instituciones educativas.

Por eso es fundamental la capacidad de reflexión desde temprana edad. En definitiva: libertad, humanidades, filosofía. Pero no una filosofía para niños sino, como recoge la sabiduría judía de siempre, sabiendo que una pregunta es siempre más incisiva que su respuesta. Del modo en que la madre de Elie Wiesel  le decía “¿qué preguntas has hecho?”, y no “¿qué respuestas has dado?”. Sólo así uno es capaz de diferenciar cuándo se trata de ideologizar y de llevarte al huerto y cuándo no.

Finalmente Miguel, ¿qué despierta en ti el futuro de la enseñanza de las Humanidades en España?

Algo de esperanza, quizá, aunque desde luego no haya señales oficiales de ello. Ojalá sea ya muy difícil que, por ejemplo, las universidades caigan en la practica de la endogamia. Esto no sólo frustra a los jóvenes que empiezan su camino, sino que arrasa intelectualmente a las facultades. Es evidente que eso ya no puede contiuar. No puede ser que las primeras universidades españolas estén en el puesto 250 del mundo.

Si bien por las apariencias la situación parecere alarmante, al mismo tiempo creo que la gente está muy harta. Participé una vez en un ciclo de conferencias filosóficas a un centro cultural municipal de Barajas y, tras acabar con una lamentacion apocalíptica por las Humanidades, una chica me dijo algo así como “Déjese usted de tonterías. Lo que nos acaba de contar es tan necesario e importante no se puede terminar; no sea agorero.” En verdad es difícil que una persona no sienta la necesidad de pensar y buscar frente a una serie de acontecimientos en su vida: la muerte, el amor, la traición… Esperemos.

 

Entrevista: Violeta Lanza

 

[1] GARCÍA-BARÓ, MIGUEL; Libertad, Humanidades y Filosofía. Ante los nuevos atentados contra ellas que se nospueden venir encima, Razón y Fe, tomo 267, p. 436

[2] Op. cit., p. 432

[3] Op. cit., p.430

[4[ Op. cit., p. 430